Ya tenemos ganadora en el concurso de Historias de Amor que organizamos en Facebook. Su nombre es Tamara Canosa. Ha sido difícil decidirnos entre las estupendas 155 experiencias que han participado. Entre todo el equipo de comunicación y el director escogimos cuatro historias que formaban partir de nuestra particular final. A partir de ahí, consensuamos la decisión para decidir la historia ganadora. Hemos valorado lo bonita que es la historia y lo bien escrita que está. Esperamos que os guste. Enhorabuena a la ganadora y muchas gracias a todos por vuestra participación en el concurso. Podéis consultar todas las historias que nos habéis enviado en esta dirección de facebook
Y este es el relato de Tamara Canosa:
Lo vi cuando se acercaba al andén. Recuerdo que alguna vez le escuché decir a un amigo que cuando había una mujer cañón a 300 metros a la redonda él la detectaba sin siquiera proponérselo, como si ella ejerciera algún tipo de atracción visual involuntaria. Esto fue algo parecido. Yo ojeaba una revista pero sin saber por qué levanté la mirada y lo vi. Venía hacia el andén cargado con su violonchelo y una mochila pesada al hombro. Se movía con expresión de calma, despeinado, paciente e indecentemente apetecible. Podría decir que su imagen me conmovió. Siempre tuve predilección por las personas que saben de música, pero es que además él sonreía escandalosamente bien. Y mucho. En esos diez minutos que se demoró el tren lo vi sonreír mientras hablaba por teléfono varias veces, en tres de ellas rió con franqueza muy ruidosamente. Un auténtico manjar.
La verdad es que aunque el chico destilaba estímulos me daba pereza abordarlo con algún ingenio, entablar conversación, aguijonear, intentar despertar la curiosidad…etc. No me sentía especialmente fuerte o bella ese día y este tipo de perlas deben recogerse con el equipo adecuado. Has de sentirte una reina persa antes de acometer este tipo de atropellos si no quieres que tu dignidad zozobre en el intento. Y esa tarde yo era algo más parecido a un colibrí cansado que a una matriarca regia. Así que no dejé de espiarle, porque soy una maldita voyeur, pero los colmillos permanecían en posición de descanso.
Llega el tren. Busco mi asiento. Me acomodo. Apoyo la cabeza en el cristal de la ventanilla. No sé por qué pero me encanta dormitar en el tren. Pero esta vez no puedo. Mi vagón. Acaba de entrar en mi vagón. Está casi vacío pero él coteja el número de su billete y sigue descartando asientos. Así hasta pararse en el pasillo a mi altura. ¡Bendito sea el hombre que nos vendió los billetes, que nos unió con un click para deleite y sobreexcitación de mis sentidos! Así, juntitos. Olía a madera y picante dulce. La vida es maravillosa, amigos.
Se arrellanó en el asiento y sacó un librito de su mochila. “Carta de una desconocida” de Zweig. Creí estar dentro de un serial adolescente. Era el mismo libro que yo llevaba en mi bolso. Si alguien me contase esta historia hasta aquí yo aseguraría que no dejaría escapar tales señales del destino. Prometería con vehemencia que en semejante coyuntura sacaría mi ejemplar e interpretaría una dulce opereta de seducción. Pero no lo hice.
Me quedé a su vera, sorprendida por la nitidez del calor corporal que me llegaba, observando disimuladamente cómo se mordía los labios al concentrarse para leer. Extasiada, acobardada, hipnotizada. Demasiada belleza para mis tretas de siempre. Demasiada debilidad recorriendo mis venas. Cerré los ojos. Así podía oler mejor, incluso seguir el compás de su respiración. Me imaginé desnudándolo despacio, pero con avaricia, y entre un collage de imágenes dementes y caprichosas me dormí. A su lado, completamente dormida y completamente consciente de su presencia. Los trenes ofrecen un sinfín de visiones inimaginables en otros registros. Dormí a su lado, sí, para mí en ese momento fue irrelevante el contexto.
Me desperté en A Coruña, última parada. Él ya no estaba. Tuvo que recoger sus cosas con infinito cuidado para no despertarme, con el sigilo del insecto y la delicadeza del violonchelista. Sólo quedaba el billete sobre su asiento. Bendije a mi profana forma ese pedazo de cartulina aunque ahora me sintiese desamparada, abandonada. Como quien descubre que el amante huyó escondiéndose en la noche pero aún así se recrea en el rastro de su olor en la almohada. Sé que fue infantil, pero me sentí despechada.
Manoseé maquinalmente el billete, como para asir la única prueba tangible de mi pasión. Lo escudriñé y descubrí que era para otro vagón. Otro vagón, otro asiento…
Me quedé con la incertidumbre de si nos habíamos buscado tan mutuamente desde la prudencia… o desde la cobardía….o si todo había sido un tributo a la misma literatura. Me quedé con ese pensamiento y con un placentero calambre en la sangre: alguien me había tapado cuidadosamente con mi chaqueta para que durmiera abrigada.
Preciosaa Me aa encantadoo, incluso me eh quedado con ganas de saber que pasara con el chico jajaja Mee gustaa. (: